Esta película es el segundo largometraje de David Robert Mitchell y el primero de terror, que debutó en Cannes en mayo de 2014. Influenciado por los maestros del terror George A. Romero y John Carpenter y clásicos como The Thing, The Shining y Creature From The Black Lagoon, creó a partir de sus pesadillas infantiles una de las películas de terror más únicas que ha visto la última década con una premisa muy básica y nada atractiva, tanto que el director rehusaba comentarla en entrevistas antes del estreno. Tengo que confesar que vi esta película más por verla en las listas de películas de horror imperdibles del año pasado, porque la sinopsis es bien sugestiva y no en el buen sentido: la protagonista se ve, de repente, contagiada por una maldición de transmisión sexual. Es muy fácil realizar el paralelo y decir que es una alegoría de los peligros que representa el sexo sin protección, enfermedades de transmisión sexual, etc. pero incluso sabiendo que el mismo director ha dicho que no hay ninguna alegoría, hay una reflexión que me queda de esta película más allá de su atmósfera perturbadora y narrativa sobresaliente. Me queda la sensación de que esta historia puede ser un referente ante una educación sexual de la que no se habla, no se da y a veces no se aprende. La que mejor lo explica es Daysha Edewi de Buzzfeed en el video “Lo que quisiera que me hubieran dicho antes de tener sexo” en el que explica la experiencia muy real de no tener idea de qué significa realmente tener sexo seguro, porque el único mensaje que recibimos al respecto a lo largo de nuestra adolescencia es “siempre use condón y NUNCA se embarace”, si es que recibimos algún tipo de educación sexual. Sin embargo, nadie habla de las secuelas mentales que puede dejar un encuentro sexual con una persona que te lastima, bien sea en el contexto de sexo casual o en una relación, que sucede y es una ocurrencia cotidiana. La maldición de la protagonista de It Follows, en la forma de una persona cualquiera que solo puede ver el afectado, que lo sigue a paso lento y que, de alcanzarlo, le ocasionará una muerte horrible, me parece que, más que ser una metáfora para herpes y clamidia, lo es para la ansiedad que causa haber entregado el propio cuerpo y la intimidad a quien no lo respeta, la carga de recelo que se queda con quien ha sido traicionado y que recibirá la siguiente persona de la que desconfíe para evitar ser traicionado de nuevo. Quisiera elaborar un manifiesto feminista sobre cómo es necesario construir una sociedad en la que sexo no equivale amor y el valor de una mujer no se mide en cuántos hombres ha aceptado o rechazado, pero el ser lastimado por una persona a quien se le ha abierto el propio cuerpo y la propia mente es una experiencia universal que no discrimina género ni contexto. Mi recomendación es que vean esta película porque logra, con una música incidental mínima, planos subjetivos minuciosamente elaborados y actuaciones creíbles, evocar grandes clásicos del cine y narrar una historia que no solo da para buenos sustos e imágenes que se quedan en la mente del espectador, sino también hacerlo pensar sobre las maldiciones que nos siguen a todos a paso lento, y en cómo una simple conversación puede ser más efectiva para protegerse que un condón o una pastilla.
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